El debate político en la Universidad EAFIT dejó algo más que intervenciones protocolarias y discursos preparados. Dejó una imagen que hoy muchos repiten en redes: un joven solo, de pie, hablando con firmeza, mientras desde la tarima reinaba el silencio.
Ese joven fue David Toledo.
La voz que se atrevió a incomodar
Mientras el evento transcurría con normalidad, Toledo, candidato a la Cámara y egresado de la institución, decidió hacer una pregunta que nadie más se atrevió a formular públicamente: ¿por qué su universidad invitaba como panelista a una exintegrante de las FARC?
No gritó desde el anonimato. No escribió desde la comodidad de una red social. Se paró en su universidad, frente a todos, y habló.
Su cartel fue arrancado de sus manos y rasgado. Minutos después, fue retirado por la Policía.
Pero el mensaje ya había quedado claro.
El silencio que pesó más que cualquier discurso
Lo que vino después fue igual de revelador: ningún panelista pidió que se le permitiera permanecer en el recinto. Nadie intercedió. Nadie defendió su derecho a expresar inconformidad.
Especialmente llamativo fue el silencio de María Clara Posada, candidata al Senado por el mismo partido de Toledo, quien permaneció en su asiento, sin intervenir mientras su compañero era retirado.
La escena fue poderosa: desde el público, valentía; desde la tarima, silencio.
El héroe que muchos sienten que los representa
Para numerosos egresados, padres de familia y estudiantes que escribieron en redes sociales tras el evento, David Toledo se convirtió en algo más que un candidato: se convirtió en símbolo.
Símbolo de quienes temen que el debate académico se incline hacia una sola narrativa.
Símbolo de quienes creen que la memoria histórica no puede relativizarse.
Símbolo de estudiantes que muchas veces no se atreven a hablar por miedo al señalamiento.
En cuestión de horas, su intervención fue compartida, defendida y comentada por cientos de ciudadanos que afirman sentirse representados.
Una alerta para las universidades privadas
La discusión de fondo es más profunda que un debate puntual. Las universidades privadas han sido históricamente espacios de pluralismo, excelencia académica y formación en liderazgo.
Muchos ciudadanos hoy se preguntan si estos espacios corren el riesgo de perder su equilibrio ideológico y su compromiso con el debate abierto.
Colombia necesita universidades donde todas las voces puedan expresarse, donde disentir no implique sanción y donde la memoria histórica se aborde con responsabilidad.
Lo ocurrido en EAFIT no fue simplemente una protesta. Fue una advertencia.
Y para muchos, David Toledo no fue un alborotador.
Fue la voz que se atrevió a decir lo que otros pensaban en silencio.

















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